La resolución de conflictos en los programas de formación profesional

Vivimos en un mundo en el que el ser humano ha hecho de la violencia la mejor herramienta para hacer frente a las diferencias entre unos y otros.  Ante esta realidad evidente que se caracteriza por la presencia de múltiples formas de esta violencia, de características diferentes, con diversidad de actores y escenarios, de incidencia familiar, local, regional, nacional o internacional, se hace necesario implementar estrategias eficientes y eficaces para hacer del conflicto, lo que realmente es, factor de desarrollo.

Así, el conflicto no es sólo inherente al ser humano, sino absolutamente necesario, es activador de descubrimientos y cambios que han permitido la evolución, el desarrollo y el progreso.  Cada invento, cada nuevo descubrimiento, se han presentado como respuesta a las diversas necesidades que han aparecido a través de la historia.  Ahora bien, el gran problema que ha tenido el ser humano, es no saber enfrentarse ante esos conflictos que representan formas de pensar diferentes, que atentan contra la unicidad de su pensar y que afectan su ego.  Así mismo, el ansia de poder ha sido el otro elemento fundamental que ha dado nacimiento a la violencia.

Nacimos en diversidad, genéticamente somos únicos, desiguales.  Entender esta otra realidad, sirve para hacer del conflicto un elemento de la cotidianidad.  El ser humano desde que nace se enfrenta en conflicto con el mundo, el parto en sí, es ya uno de los momentos más conflictuales de la vida de cualquier persona y a partir de ese momento toda la etapa de crecimiento es un encuentro en conflicto consigo mismo y con todo el entorno que lo rodea.

En este sentido, el desarrollo violento de los conflictos responde a dos factores fundamentales; por un lado, a la incapacidad del ser humano para hacer frente de manera racional a estas diferencias conceptuales, poniendo en diálogo la diferencia; por otro lado, al deseo de poder, dominio y control que ha acompañado a la historia de la humanidad y que ha sido identificado por no pocos, como reacciones predecibles de seres temerosos e ignorantes.

Otro elemento que es importante tener en cuenta que tiene relación directa con los anteriores, es el hecho que la utilización de la violencia como forma de resolver conflictos, es una construcción social, es decir, es un aprendizaje que se ha dado a través de toda la historia y a través de ella se ha difundido.  El deseo de dominio, conquista y control ha acompañado a la humanidad desde las sociedades más antiguas y ha pasado de unas manos a otras, según las circunstancias lo han determinado, conservando todos los regímenes de poder una constante: quien tiene el poder, lo utiliza para expandirlo cada vez más y así aumentar su grandeza.

Ahora bien, con todo lo anterior se puede determinar que la violencia como estilo de vida ha sido un proceso, lento y de transmisión de generación en generación.  Se convirtió en un paradigma que como tal, puede ser cambiado, debe ser cambiado.   Será un proceso lento, que implicará un inicial desaprendizaje de la conducta ya aprendida y la negación del actual paradigma, para poder sentarnos y centrarnos en uno nuevo, en el que se pueda pensar en la paz no como estado, sino como un estilo de vida, en palabras de manera de Castillo:

Así, la resolución de conflictos se establece en directa armonía con el diálogo y la cooperación, aún más, con la formación de una conciencia social que impulse un verdadero cambio, amplio y duradero.

La paz, por tanto, se concibe en la actualidad como una
realidad posible y positiva que no consiste simplemente en la ausencia de
guerra y de violencia, sino como una conciencia social y una forma de vida que
se caracteriza por el rechazo a la violencia como manera de resolver los
conflictos, y por el establecimiento de una dinámica de búsqueda de la justicia
a través del diálogo y de la cooperación. (Castillo y otros, 2004: 39)  

Así, la resolución de conflictos se establece en directa armonía con el diálogo y la cooperación, aún más, con la formación de una conciencia social que impulse un verdadero cambio, amplio y duradero.

Es en este punto, donde la educación encuentra no solo su razón de ser, sino su carácter de urgente, fundamental y esencial.  Es una de las herramientas mas poderosas de las que dispone la sociedad para realizar los cambios que le permitan al conjunto de sus ciudadanos vivir bajo condiciones de justicia, equidad y convivencia armónica, de tal manera que la humanidad pueda propender por un verdadero sentido de desarrollo, entendido éste como «un proceso de expansión de las libertades reales de que disfrutan los individuos» (Sen, 2000:55).  Así, el desarrollo social tendrá una base en el desarrollo de los individuos, que a su vez, se convertirán en los principales promotores del desarrollo de la sociedad.

Dentro de esta perspectiva de la educación como motor de cambio y desarrollo, me basaré en la ampliación que estoy llevando a cabo, de la tesis que desarrollamos con Castillo y Romero, en el marco de la Maestría de Educación de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, 2004,  en la cual se aborda la problemática de la Pertinencia Social de las Universidades, y que arroja como uno de sus resultados la necesidad incorporar de manera transversal dentro de sus currículos, cuatro ejes fundamentales:  educación para la paz, educación para la multiculturalidad, desarrollo individual y desarrollo colectivo.

Dentro de este estudio, la resolución de conflictos aparece relacionado con la educación para la paz, de la siguiente manera:

(Castillo y otros, 2004:100)

          Como se puede ver en la gráfica anterior, que corresponde a un fragmento del cuadro de categorías que se desarrolló en la mencionada tesis, la capacidad de resolución de conflictos, por medios no violentos, hace parte del imperativo de generar una conciencia colectiva, en la que se valoren los acuerdos consensuados, el diálogo, la mediación y los pactos, como caminos posibles para resolver diferencias y hacer acuerdos.

Un cambio fundamental a los planteamientos realizados por la anterior investigación, tiene que ver con la necesidad de abordar estas temáticas con estrategias directas, es decir, no solo a través de la transversalidad, sino generando además, un espacio concreto para la reflexión y la enseñanza de ciertas aptitudes, capacidades y conocimientos relacionados con la promoción de la paz y el desarrollo sostenible.  Me refiero en concreto, a la integración dentro de todos los programas académicos de todas las carreras universitarias y de la educación superior en general, de una unidad académica que se integre a lo largo del proceso de formación y esté enfocada en promover los aspectos que están enumerados en la gráfica anterior y que se complementan con el resto que aparecen en el cuadro original.

            Así, el proceso de formación profesional, en términos de Pertinencia Social, estará abordando su implementación a través de dos estrategias complementarias:   la unidad académica impartirá unos contenidos concretos que le permitan a los estudiantes entender la complejidad de la realidad actual, a partir del conocimiento de las diversas realidades que se viven alrededor del mundo; en segunda instancia, a través de la transversalidad se genera el espacio práctico para entender los fenómenos de interacción social. 

Una vez más, teoría y práctica permitirían formar estudiantes, que no solo estén preparados cognitivamente para enfrentarse a una exigencia laboral, sino, y sobre todo, estarían en capacidad de afrontar una realidad social que requiere capacidad crítica y compromiso social para transformar la realidad, generar equidad, actuar con justicia y fortalecer un desarrollo sostenible incluyente, en el que se contemplen la diversidad cultural y de género, pero también el cuidado del medio ambiente.

            Puntualizando en la resolución de conflictos, y teniendo en cuenta que estamos situados en la educación superior, el programa debe contemplar las tres instancias genéricas dentro de las que podemos situar la totalidad de conflictos: personales, laborales y sociales.

            Es importante tener en cuenta, que estas tres instancias aparecen en proporciones diferentes, en virtud de las características del nivel educativo en el que se está planteando.  En este sentido, los conflictos laborales deben tener mayor dedicación, aparecer de manera más sólida dentro de la unidad académica, tanto a través del estudio de sus características, como de las estrategias para resolverlos o transformarlos, y tener un abordaje medio a través de la transverdalidad; los conflictos sociales, aparecen en los contenidos, y su función básica es mostrar la realidad local y global entorno a la temática de la resolución de conflictos, y un abordaje medio a través de la transversalidad; y los conflictos personales, se trabajan más a fondo a través de la transversalidad, en el diario vivir en todos y cada uno de los momentos de la vida académica.

            Una educación que actúe con Pertinencia Social, deberá entonces, fomentar el desarrollo en los estudiantes de conocimientos para hacer frente a las problemáticas del mundo laboral, estar familiarizados con la Responsabilidad Social Corporativa (RSP), y su perspectiva de Stackholders o agentes involucrados, así como de las diversas corrientes de manejo empresarial que aparezcan.  Igualmente deben conocer la realidad local e internacional en la que están viviendo, de tal manera que puedan actuar con relevancia, con miras a la transformación de la realidad más cercana que los afecta y a la cual pueden afectar de manera positiva.  Pero sobre todo, deben tener la capacidad de ser agentes de promoción de la paz, actuar con pertinencia, de manera ética y moral, valorando la diferencia, utilizando al diálogo como elemento integrador y a la cooperación como herramienta de construcción social.

            La educación en resolución de conflictos, debe entonces promover capacidades comunicativas, críticas, de negociación y mediación, de toma de decisiones, de convivencia laboral, de trabajo en equipo, técnicas de conciliación, articulación de la diversidad de intereses, entre otros, para la formación de profesionales que tengan la capacidad de hacer frente a la diversidad y complejidad de los conflictos que acompañan el devenir del ser humano y que bien manejados son factor de desarrollo.

            Ya para terminar, es importante dejar en claro, que este documento, como primer ensayo para abordar la resolución de conflictos como un elemento constitutivo de una unidad académica, no pretende más que dejar un esbozo sobre el cual profundizar, dadas las cualidades y particularidades de ese posible programa académicos que se pretende diseñar.  Así, el camino está iniciado, y tal vez solo una claridad hay ya al respecto: la resolución o transformación de conflictos —si el desarrollo de la investigación así lo define—, es un imperativo necesario para afrontar una realidad que de incierta vive al borde del cataclismo.

            Los seres humanos son, de partida, seres pacíficos y la solución violenta de las diferencias, es una construcción social.  El paradigma ha de cambiar y el momento ya está dado.  La apuesta por una educación que se comprometa verdaderamente con la sociedad, es la apuesta por el futuro, y no hay futuro posible si no trabajamos en un presente.

Alejandro Rincón Rodríguez, 2003