Una Cuestión de Mínimos

Muchas, y de muy diversa índole, son las evidencias que a diario nos enfrentan a una realidad de caos y destrucción que el ser humano se ha estado y se está infringiendo a sí mismo; realidad insostenible de la que no pocos pensadores han hablado, y que por efectos de la cada vez mayor inmediatez de los medios de comunicación, ha entrado a formar parte de nuestro cotidiano vivir, ya no, como los hechos aislados en tiempo y espacio narrados por nuestros abuelos, sino, como la experiencia de un verdadero reality que nos pone cada vez mas, en el escenario de los hechos.

Masacres de colectivos; guerras interminables; situaciones de inequidad e injusticia que dejan cientos de miles de niños y niñas muertas de física hambre;  miles de desplazados dentro de sus propios territorios, y otros miles que se tienen que buscar la vida atravesando fronteras físicas, sociales y culturales que no se quieren cruzar; infinitas listas de desaparecidos en diversidad de contextos; escandalosas  cifras de maltrato infantil y pedofilia; violencia de género; tráfico humano; xenofobia; discriminación racial, cultural, religiosa, de género, o de cualquier otra índole que permita dominar y anular al otro; y todas las demás manifestaciones que ha diario vivimos y que violentan nuestra existencia.

Otras tantas evidencias dan cuenta de la aniquilación que estamos haciendo en contra del medio ambiente, nuestro medio ambiente; estaciones que ya no saben cuando ni en donde llegar, terremotos, huracanes y tsunamis, que parecieran querer dejar las cosas en algún sitio en el que gracias a la interminable acción del ser humano, han dejado de estar; incendios forestales y diluvios,  que son gritos, llantos de una tierra que ya no aguanta más.

Y la lista aún no termina, porque mas allá de todas estas manifestaciones  globales  que dan cuenta del deterioro, tal vez moral, tal vez ético, o tal vez simplemente deterioro del sentido común del que nos hemos hecho víctimas, aún queda por nombrar la terrible descomposición social a la que estamos llegando.  Descomposición que pasa por el poco valor que se le da hoy en día a la vida del otro, o lo que es peor, por el poco precio que se le pone a la vida del otro, dejando de manifiesto, no sólo, la descomposición de la escala de valores primaria para asegurar la pervivencia del ser humano, sino también, la ausencia de respeto por lo más elemental de éste, la vida misma, la ajena y la propia, porque no se puede pensar y establecer el valor de la vida en términos del otro, sino en términos del valor que se le dá a la propia vida.  Deterioro que ha llevado al rompimiento de las redes sociales primarias necesarias para poder pensarnos en sociedad: justicia, equidad, respeto y valor a la diferencia,  tolerancia   y  convivencia, entre otros, porque, qué significado puede tener hoy en día hablar de vecindad, barrio, comunidad, ciudad?; ó, qué significado puede tener hoy en día hablar de hogar, hablar de familia?

Pareciera ser que el mundo no aguanta más -el mundo llamado Tierra, y el mundo llamado Especie Humana-,  lo está gritando pero no lo entendemos, o no lo queremos entender.  Las manifestaciones llegan desde lo global, pero también desde lo local, y es desde esta perspectiva local-global, desde la que se debe hacer frente, hacernos frente, porque el problema no es con un algo diferente, no es con un alguien diferente, el problema es con nosotros mismos.

Una perspectiva global que nos permita comprender el  mundo en su complejidad, que nos ayude a entendernos y sentirnos parte de un todo, con sus cada vez mas comunes movilizaciones humanas, libres o forzadas, pero al fin y al cabo movilizaciones que cambian definitivamente el panorama y la geografía humana, tanto la de partida como la de llegada. Movilizaciones que  ponen de manifiesto una diversidad cultural cargada de costumbres, mitos y leyendas; ponen de manifiesto la realidad de un otro con valores propios tan válidos y contundentes como los nuestros.

Y una perspectiva local (en el papel puesta en segundo plano, pero en la práctica tal vez la primera sobre la que debemos trabajar), que ayude a aportar a esta reconstrucción desde lo más básico, desde lo elemental, desde esas relaciones con el entorno más cercano, con el otro más cercano, animal, vegetal y mineral, con todo aquello que hace parte de nuestro cotidiano vivir, pero que de cotidiano ha dejado de tener un sentido vital, y ha entrado a ser parte de la decoración del entorno que a diario vivimos, simples objetos con los cuales la interacción a pasado a ser un actor ausente, casi una utopía.

Se debe apelar a la reconstrucción de un sentido común que nos permita vivir en comunidad y en armonía con un medio ambiente que ha estado, está y si se lo permitimos estará dispuesto a aportarle al ser humano lo necesario,  retomando y renovando el discurso alrededor de unos principios éticos y morales básicos mínimos, que sean los pilares sobre los cuales soportar esta sociedad, y fundamentalmente, que garantice las condiciones necesarias para que las generaciones venideras encuentren un espacio cuantitativa y cualitativamente habitable.

Ahora bien, esta es una reconstrucción que debe ser pensada, elaborada y sentida, desde todas las perspectivas académicas y disciplinares, desde todas las instituciones gubernamentales y no gubernamentales, pero sobre todo, desde todos los sectores sociales, desde todos los agentes sociales.  Es una reconstrucción que necesita la participación y el compromiso de la sociedad civil en general; el valor, la entrega y la convicción de todos y cada uno de sus integrantes, basada en una conciencia individual (suya, tuya y mía), que ponga a cada uno de nosotros, en la  raíz del deterioro social (porque este es un deterioro sumatoria de las actuaciones diarias individuales), pero sobre todo en el centro del cambio y la transformación social.

Y ante todo esto, surge la pregunta de si esos individuos y esos colectivos en los que nos hemos convertido, son verdaderos agentes promotores y constructores de la justicia, la equidad, la tolerancia, la convivencia, el respeto y el valor a la diferencia, a los que se hacía mención anteriormente como valores primarios mínimos para la supervivencia, la sostenibilidad y la calidad de vida de la especie humana.

Desafortunadamente es fácil la respuesta, y poco el tiempo que se necesita para responderla.  El mundo ya no da espera, y el tiempo de mirar al lado, buscar culpables y dictar sentencias ha pasado.

Los grandes, múltiples e interminables conflictos locales, nacionales e internacionales, sumados a la aguda crisis internacional, tienen sus propios ritmos y determinan el devenir de lo global.   El individuo social, familiar, laboral, comunitario, puede no tener mucho, o tal vez nada que decir al respecto.  Pero no puede ser esta incapacidad, la excusa de su pasividad y dejadez ante lo que si le concierne, ante los espacios y entornos en los que si tiene incidencia, y sobre los cuales puede y debe ejercer presión para un cambio y transformación positiva.

El compromiso debe ser individual, pero las estrategias pueden ser colectivas.  Empresa, comunidades religiosas, instituciones educativas, organizaciones sociales y civiles, tienen los recursos, el conocimiento, la capacidad y la infraestructura para promover dinámicas encaminadas a favorecer cambios en los individuos que la componen.

La comunidad de lo global parece estar empeñada en acabar con el mundo, la comunidad de lo local tiene la imperiosa necesidad de hacerle frente y marcar las pautas de progreso y desarrollo pensadas realmente con miras a una sostenibilidad ambiental, social, cultural y económica, bases de una sociedad justa, pacífica y equitativa.

En este sentido, el arte también debe tener una función social, tiene hoy en día un compromiso y cuenta con las herramientas para ser actor participativo y propositivo de este proceso.  Los artistas con su capacidad de leer el mundo desde una perspectiva particular, pueden ser actores de cambio social.

El arte entonces, tiene hoy mucho que decir, lo ha tenido siempre, pero tal vez hoy existe la necesidad de escucharlo, para que pueda ayudar a crear conciencia social alrededor de ciertos valores universales, no a manera de máximas imponderables, sino como simples mínimos que nos permitan la convivencia armónica y pacífica; la urgencia de vivirlo, para que desde sus dinámicas participativas, ayude al fortalecimiento de los hábitos básicos de esa convivencia; y la imperiosa necesidad de darle los espacios pertinentes, para que pueda aportar a la resignificación de estos valores y a la reconstrucción de las redes sociales que nos permitan instaurar una verdadera cultura de paz.

Alejandro Rincón Rodríguez, 2009